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La señal más inequívoca de que una cultura ha influido con plenitud en una época histórica es, sin duda, el precipitado arquitectónico y el acervo literario que ella ha dejado a su paso. En efecto, las oscurecidas piedras labradas de nuestra ciudad pregonan el barroco de la cultura que acunara nuestro amanecer prerrepublicano. Como la severa investigación literaria de nuestros siglos XVII y XVIII nos deja abocados ante el fenómeno ineludible del gran precipitado jesuítico de nuestra cultura. "Basta observar - escribe en su libro "Cultura de Quito Colonial" el erudito dominico Padre José María Vargas -, la Antología de prosistas y poetas ecuatorianos para convencerse de que la Universidad de San Gregorio de los jesuitas fue hasta su clausura, el semillero del saber y la cultura para eclesiásticos, religiosos y civiles, que levantaran a Quito al nivel de Lima y Méjico, a quienes superó aquella en las Bellas Artes".
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