Biografía de San Ignacio PDF Imprimir E-mail
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Biografía de San Ignacio
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1. UN HOMBRE A CABALLO

Un día de marzo de 1522, montado sobre briosa muía, marchaba un hombre, desde Navarrete en Logroño, por el camino de Zaragoza. Vestía jubón acuchillado, de seda, gregüescos de seda y brocado, llevaba un visible puñal a la cintura, tenía el aire de un capitán de los Tercios del Rey. Tendría unos 32 años, la edad de Cristo cuando murió en la Cruz.

Por los confines de Lérida, otro caballero coincidió por su camino: era un morisco, uno de los incontables árabes que habían quedado en el Reino de los Reyes Católicos, luego de la conquista de Granada y la caída del dominio musulmán en España. Se explicaba bien en romance castellano, el moro; el caballero cristiano también lo hablaba pero con el acento seco, los gerundios e infinitivos que delataban su origen guipozcoano. Trabaron conversación, y el cristiano, que venía de visitar la ermita de Nuestra Señora de Aránzazu, y hasta dejar allí unos ducados que llevaba, para restaurar aquella imagen, tuvo gusto en hablar al moro de la Virgen María. El otro, no muy versado en los misterios cristianos, decía "que bien le parecía a él, la Virgen haber concebido sin hombre, mas, parir quedando virgen, no lo podía creer". El capitán cristiano se irritaba, ante la negativa del morisco

En fin, antes de engrescarse más la discusión, el moro picó espuelas y se adelantó entrándose por un desvío hacia una aldea adonde iba.

El caballero de la mula comenzó a darle vueltas, cada vez más contrariado por lo que él tenía como insolencia del sarraceno, al negar la total virginidad de María. Se sentía avergonzado de no haber salido con valentía por la dignidad de Nuestra Señora, y se reprochaba su cobardía. ¡No! El no podía dejar así la cosa: debía galopar, buscar al moro donde estuviera, y darle de puñaladas si no retiraba su injuria a la Madre de Dios. Pero otro sentimiento le corría por el alma: ¿Sería grato a Dios que acuchillara a un moro ignorante de los misterios de la fe cristiana? No sabía qué hacer, y no por miedo a que el moro también respondiera con su cimitarra, sino porque el noble caballero no quería cometer ningún desafuero. Y el buen ángel debió inspirarle una solución bizarra: dejaría a la muía andar a su talante; si seguía el camino ancho del moro hacia la aldea, por allí iría el capitán, para apuñalar al incrédulo; si seguía el camino de Zaragoza, lo dejaría estar. Y eso hizo juiciosamente la muía, ahorrando así la muerte de un moro, o de un cristiano.

Acabado el lance, el caballero volvió al asunto que le llevaba por aquel camino. Decidió no pasar por Zaragoza, donde aquellos días se habrían reunido muchos nobles y caballeros, que esperaban al Cardenal de Utrech, elegido Papa Adriano VI. Y marchó hacia Igualada, tierra catalana, donde hizo unas extrañas compras: un sayal de tela de saco, unas alpargatas de esparto, un bordón o pértiga son su calabacita, que solían llevar los peregrinos a los Santos Lugares. Al bajar de su montura para hacer sus compras, se notaba que andaba cojeando, con una pierna hinchada.

De allí siguió hacia Montserrat, la Santa Montaña que guarda el tesoro de la Virgen Morena, preciosa imagen románica custodiada por los monjes del Monasterio Benedictino. Llamó al portón del monasterio, y pidió, no posada sino confesión. La confesión, con el Abad, duró tres días, con muchas lágrimas y no poca vergüenza de sus pecados y fechorías. Después de recibir la absolución pidió a los monjes le permitieran pasar la noche, como vela de armas, ante la imagen de su nueva Dama, la Virgen, orando hasta la madrugada, de rodillas, o de pie cuando no aguantaban las rodillas. Era la noche del 24 al 25 de Marzo de 1522.

Por la mañana, regaló su muía al monasterio, colgó su puñal en la imagen de la Virgen, dio sus ricos vestidos de caballero a un pordiosero, se vistió el sayal de mendigo y peregrino, y recomenzó otra vez su vida.

 



 
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